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El silencio de la montaña

Solía de cuando en cuando, recordar el movimiento suave de los árboles, el egregio paisaje que observé continuamente todas las mañanas, tardes y noches de lo que alguna vez pude haber llamado infancia. La verdad es que de algún modo, la montaña de Cruz Loma tenía secretos guardados. Mi madre nunca me creyó, quizá por la risita nerviosa y la manera de comerme las uñas, pero lo que ella nunca supo, fue que la montaña se tragaba todo lo que estaba a su paso. Fue una mañana del 25 de Abril, mis compañeros y yo decidimos aventurarnos dentro de sus vértebras. Como toda  niña exploradora hice mi inventario, agua, panela, caramelos. Cinthia acordó que llevaría el resto junto los chicos. Ese mismo día emprendimos la ruta, el cerro se tornaba mojado, y a lo lejos escuchabas insectos y ladridos de perros. El olor a eucalipto remojaba mis fosas nasales y el viento agitaba mis cabellos torpemente. Antonio no para de decir que nos retractáramos y fuéramos a nuestras casas, por mi parte lo mire algo…

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