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Extrañas anomalías de la noche

Hace mucho tiempo atrás, en las zonas altas de Quito, los potreros y cerros acogían a los habitantes con sus pequeñas viviendas. La urbanización florecía poco a poco, la dificultad de tener luz eléctrica y agua potable era bastante elevada. Los caminos apenas daban indicios de carreteras. El silencio retumbaba en la noche como una oscuridad profunda,  tan profunda que Gladis podía confundir la realidad con una dimensión.
Su abuela Bertha acostumbraba cada noche a alimentar a los cerdos con los desperdicios recogidos de casa en casa. Prendía el candelero, acomodaba su poncho y se colocaba las botas para descender desde el cerro. Esta rutina se repetía todos los días con constante dedicación, caminar siempre en declive hacia las pequeñas casuchas. Un día próximo al invierno, por dificultades de salud pidió a Gladis, su nieta, que bajase al potrero a alimentar a los cerdos y de paso aprovechara en bañarse. La muchacha, una niña de 14 años, pálida y risueña, salió de casa llevando los d…

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